jueves, 1 de mayo de 2014

CADENCIA


Un proyecto largamente perseguido por fin ve la luz. CADENCIA es la revista que desde hace tiempo quería hacer. Ciclismo y mountain bike pero también otras muchas cosas que no tienen nada que ver con las bicis... ¿o sí? Cansado de las típicas publicaciones que sólo hablan de bicis, ruedas de 26, 27´5 o 29, y nuevos productos, he querido plasmar lo que hay detrás de los paisajes que vemos cuando montamos en bici. Reflexiones, imágenes, temas que surgen en las conversaciones con tus compañeros de ruta...

CADENCIA es lo que surge cuando monto en bici, el resultado de mis experiencias y vivencias sobre las dos ruedas. Hecha desde la bici, no para la bici. Y en los tiempos que vivimos, una alternativa a la decadencia que se empeña en arrastrar el pensamiento general.

Espero que la disfrutéis, y sobre todo que dediquéis un rato de vuestro valioso tiempo para LEER cosas que se salgan de lo previsible, que las hay y muchas. Sé que esto es pedir mucho en la rutina de saturación informativa en la que nos movemos, pero... la opción B es la decadencia.

-¡Pedalea, copón!


miércoles, 12 de marzo de 2014

Fotos del DH de Sant Andreu de la Barca

Guillem Jorba

Toni Ferreiro

Iván Oulego

Alberto Ferreras "Turro"


David Acedo

Steve Peat

Toni Ferreiro

Oulego




Caídas en la curva de entrada a meta



Víctor Esplugas

Bernat Guardia

Roger González


Guardia


Peat




miércoles, 5 de marzo de 2014

Farsalonia, qué ciudad

Tengo una historia buenísima que contar. Es la hostia. Se llama "cómo un ayuntamiento persigue a un deporte y al mismo tiempo hace negocio con él", y es otra de las grandes vergüenzas de una ciudad llamada Farsalonia.

Farsalonia es una ciudad increíble, atractiva, llena de gente interesante y con una vasta cultura. También hay muchos deportistas. La gente hace mucho deporte porque hace ya muchos años hubo unas olimpiadas, hace un clima agradable todo el año, y a la gente le ha dado por cuidarse también desde hace un tiempo. El caso es que entre estos deportistas también hay muchos ciclistas, gente que sale con sus bicicletas de colores a recorrer calles, parques, y campo, que también hay mucho en Farsalonia aunque está a orillas del mar. Es una ciudad perfecta en muchos sentidos, la verdad. Si no fuera por quienes la gobiernan.

Resulta que en Farsalonia, como hay mucha gente que practica deporte y concretamente monta en bici, han decidido destacarlo, potenciarlo. Convertirlo en parte de la "marca" (eso que ahora llaman a todo) de la ciudad. ¡Ah! -dirán ustedes. Seguramente quieran potenciar el uso de la bici entre los ciudadanos, crear servicios e infraestructuras que armonicen la bici con otros vehículos y que impulsen el uso de la bici en lugar del coche... ¡Qué sabios y audaces son los gobernantes de Farsalonia!- ¡No, no! ¡Que no se trata de eso! ¿Cómo? -se preguntarán. ¿Pero si hay tanta gente que usa la bicicleta, los gobernantes tendrán que escuchar y atender sus peticiones e intentar ajustarse a las demandas de las personas, como hacen con otras políticas? -No, no... ¿pero tú en qué lugar crees que vives, inocente muchacho? ¡Esto es Farsalonia! ¡Ese lugar habitado por personas que se creían libres pero que están atrapadas por barrotes! Un lugar dirigido con mano de hierro por una casta de gobernantes y familias, todos ellos colegas del mismo gremio de los poderosos, que compadrean sin disimulo y hacen negocios.

Así que, en lugar de gobernar para los ciudadanos, estos gobernantes lo hacen para sí mismos. Y en lugar de potenciar el deporte entre sus súbditos, lo hacen, sí, pero haciendo negocio con ello: servicio de bicis mitad públicas mitad privadas; carriles bici de calidad ínfima; multas y sanciones por montar en bici en sierras y espacios de extraordinario valor no sólo para pasear, sino para hacer deporte; y lo último: eventos deportivos de máximo nivel. Así, mientras prohiben y multan el uso de la bici por el campo, al mismo tiempo se inventan una competición de deporte extremo carísima y fastuosa, un Las Vegas de los deportes extremos, y venden la imagen de que Farsalonia es una Ciudad Extrema, una ciudad Extreme-Friendly, amiga de los deportes extremos y alternativos. Siempre que sea pagando, claro. Nada de bicicletas por la montaña. Las bicicletas, en los recintos donde haya que pagar entrada por verlas. Pero siempre muy bike friendly todo, ¿eh?

Así funciona Farsalonia, la ciudad de la farsa y los canapés. ¡En buena hora cayeron las olimpiadas en esa ciudad, y cómo les abrieron los ojos a muchos, que desde entonces han hecho del deporte un negocio del que lucrarse, y no un bien público al que dedicar atención y legislar atendiendo a los usuarios! Pero en Farsalonia y en todo el reino al que pertenece, las cosas son así. Unos pocos compadrean, urden y tejen sus negocios, y a los demás que les den por culo.


martes, 25 de febrero de 2014

La punkie del Metro

Las visitas a mi ciudad y capital del reino son siempre fugaces. Como norma hecha a base de repeticiones. Ya casi prefiero que sea así, breve y práctico como un ligue de noche. Sin medias tintas ni diplomacia. Funcional y directo. Todos sabemos a lo que vas, ¿no? Pues venga, déjate de rodeos y vámonos a tu casa, o a la mía. A Madrid.

Esas visitas son siempre pequeños viajes. Primero porque tengo que cruzar medio país, que en Barcelona llaman estado. Lo llaman estado por pudor, porque les han enseñado que decir España es fascista, franquista y nacionalista. Cruzo lo que quiera que sea esa extensión de terreno que separa Barcelona de Madrid, unos lo llaman el campo, así a lo general, y otros lo llaman meseta. Lo cruzo, y eso ya es un viaje, pero también es otro viaje cuando llego a Madrid. Allí comienza un viaje por otro mundo. El mundo de una ciudad que ya apenas conozco, que recuerdo sólo por vivencias pasadas, y que si antes me sorprendía siendo su habitante y sufrido ciudadano, ahora ya me desencaja. Me fascina lo distinto que es de esta otra ciudad en la que ahora vivo, y me alucina lo lejos que está una de otra, geográficamente y, cada vez más, en todo lo demás.

La visita fue breve, así que después de pasar la noche en casa, al día siguiente temprano volvía a "la otra casa". Sí, supongo que tengo varias casas, como los ricos. No deja de ser paradójico. El caso es que serían las ocho y media de la mañana. Cogí el metro, como siempre a esas horas lleno. El vagón completo de gente, del que se salen dos o tres viajeros en la estación, y hay otros veinte en el andén. Entonces esos veinte comprenden que tienen que meterse en el vagón repleto, y los que están dentro del vagón comprenden que esos veinte desconocidos van a entrar en un sitio en el que ellos ya están más o menos a gusto, han encontrado el sitio y ya son compañeros de viaje entre sí, casi casi íntimos. Colegas. Entonces ambos, los de dentro y los de fuera, se dan cuenta de la situación y saben lo que va a pasar. Que van a tener que apretarse un poco más para que todos quepan. El vagón apesta un poco, la gente no deja de ser algo dejada en sus hábitos higiénicos por más que lleven un iPhone en el bolsillo. Pero no importa. Todos van en el mismo puto vagón, apretados pero con ese sentimiento de consuelo que da el compartir el mismo destino, aunque sea durante unas estaciones, con vecinos y compañeros de viaje.

En ese vagón apretujado me tocó aquel día como compañeros de viaje un grupito de cuatro punks. Tres chicas y un chico. Eran las ocho y media de la mañana, pero iban privando su cerveza de lata de medio litro y se la iban pasando entre ellos. Ellas llevaban el pelo rapado a los lados y más largo en la parte superior, para cuando se hacen la cresta. Aros, pendientes, imperdibles en las orejas. El uniforme lógico en un punkie. Estábamos hombro con hombro, yo ahí metido entre ellos, casi en medio del mini círculo que formaban para ir departiendo. La cerveza circulando, las risas, el descaro de saberse los únicos que estaban privando a esas horas en aquel vagón. En un momento dado me parecía escuchar que iban a los juzgados (supongo que de Plaza Castilla, por la línea de metro donde estábamos), a testificar en un juicio. Me crucé con la mirada chispeante de una de las chicas, la más guapa, que me miraba con curiosidad y con una sonrisa, no sé si de desprecio por creer que yo era un burgués más yendo al trabajo o precisamente por lo contrario, por notar que me caía bien su rollo y que en el fondo me daban envidia. No me escondí y les devolví el gesto de aprecio con una media sonrisa, como diciendo "qué majos sois". Aunque el resto del vagón os esté fulminando con la mirada, yo os entiendo y os respeto.

Porque me daban envidia esos cuatro punks. Unos chavales que se reían de sus cosas, sin molestar a nadie, y a su particular manera, quizás fueran los cuatro individuos con más cojones de todos los que estábamos allí en ese momento. Valientes por hacer lo que realmente les daba la gana, sin importar lo que dijeran los demás. ¿Que había que ir a un juicio a esas horas? Pues vale, pero irían a su estilo. Quizás fueran unos de esos punks a los que sus papás les pagan los vicios y viven en casa sin dar ni chapa, pero no creo. Ya estaban en el vagón, y las estaciones anteriores a la mía no son precisamente el barrio de Salamanca. Y si fuese así, ¿qué? La postura de esos chavales, la mirada de esa chica, aunque estuviera medio pedo, es la correcta en un mundo así. Ser punkie es lo más honesto que esos chavales pueden llegar a ser, teniendo enfrente lo que tienen. El futuro y los modelos sociales, todo eso. ¿Un respetable trabajador yendo a currar en el metro es menos que un punkie? No, por supuesto. Cada uno se dignifica haciendo aquello en lo que cree mientras no haga daño a los demás. Pero esos punks, en su nihilismo, al saberse lumpen y parias sociales y descojonarse de ello, estaban diciendo que hay que ser valiente para madrugar e ir al trabajo todos los días, pero más valiente aún para no hacerlo. Y eso es admirable, joder.